Reflexiones

11.12.2018

Cuando pequeño en reiteradas ocasiones sentí miedo. Un miedo aterrador, inexplicable, medio desolador. Muchas veces, por su trabajo, mi madre o mi padre no estaban a mi lado. Es comprensible, tenían en sus mentes la obligación y responsabilidad de traer el sustento (el resto era harina de otro costal). Era una época de represión, susto, inseguridad en diferentes niveles. El miedo, como buen compañero, no dejó de hacerme compañía. Tenía miles de caras y disfraces, diferentes formas de entrar en escena derrumbando muchas de mis expectativas y sueños. En la adolescencia, en la época universitaria y en las primeras incursiones laborables, muchas veces atacó con fiereza. Realmente le tenía miedo al miedo, algo que realmente no entendía por mucho esfuerzo que hiciera de mis facultades intelectuales. Habilmente, aprendí a evitarlo o escapar de él, adoptando cierta maestría como "Houdini del miedo" algo que a la larga tendría sus implicancias. La verdad poco me importaba, sentir que podía huir me permitía relajarme y vivir en paz 🕊 ¡Que paradójico! A eso de los 30 años, la vida me envió su factura. Mi hábil mecanismo era absolutamente insostenible, inclusive amenazando mi propia integridad y la de los míos. Hice lo que pude para buscar nuevas herramientas para acabar con el miedo. Practique muchas tecnicas y terapias, diferentes metodos y estiramientos para al final darme cuenta que lo principal era la sutil aceptación de mi mismo, el decidirme a hacer lo que más me gusta en la vida, en apreciar en cada persona su propia divinidad interior y que, en definitiva, disfrutar es la clave de la expansión y felicidad. No importan las formas más bien lo que llevas dentro, lo que tienes para compartir con la vida. La Vida es un evento inexplicable jajajajajaja ¡que raro no! intenta disfrutarla nada es tan serio mi amiga/o